A moment to return to
Papa Chencho
Shared by Crecencio’s family.
A life remembered
Crecencio’s story
Don Chencho: un hombre que demostraba su amor con hechos
Don Chencho nació en un pequeño ranchito escondido entre las sierras de Sinaloa, México. Creció rodeado de montañas, tierra de cultivo y animales, en una época en la que la vida exigía esfuerzo, ingenio y fortaleza. Durante los años de la Gran Depresión, su familia sobrevivió gracias a lo que lograban sembrar y cosechar. La tierra no solo les daba alimento: también les enseñaba paciencia, humildad y la importancia de trabajar juntos.
Desde muy joven, Don Chencho aprendió a utilizar sus manos para resolver cualquier problema. Podía cultivar, cuidar animales, reparar herramientas y construir lo que hiciera falta. Con el tiempo, levantó con sus propias manos la casa donde viviría su familia. Cada pared y cada rincón de aquel hogar llevaban algo de él: su esfuerzo, su dedicación y el deseo de proteger a quienes más amaba.
Su herramienta preferida era el machete. Para Don Chencho no era simplemente una herramienta; parecía una extensión de su propio brazo. Con él limpiaba la tierra, cortaba madera, preparaba materiales y encontraba la manera de construir o arreglar casi cualquier cosa. Quienes lo conocieron sabían que, con su machete en la mano y una idea en la cabeza, difícilmente había algo que no pudiera hacer.
Compartió su vida con su esposa, Juana "Minita" Serrano Salazar. Juntos formaron una gran familia y tuvieron cuatro hijos y tres hijas. La vida no siempre fue fácil, pero ambos construyeron un hogar lleno de trabajo, fortaleza y unión. Don Chencho se esforzó para que a su familia nunca le faltara protección, alimento ni un lugar donde sentirse segura.
Amaba el campo y tenía un cariño especial por los animales. Entre todos ellos, hubo uno que ocupó un lugar muy especial en su vida: su perro Karuche, mitad perro y mitad lobo. Karuche acompañaba a Don Chencho a todas partes. Caminaba a su lado por los senderos, lo seguía mientras trabajaba y permanecía cerca de él como un compañero fiel. Entre los dos existía una conexión profunda, de esas que no necesitan palabras.
Karuche murió protegiendo a la familia. Su valentía y lealtad quedaron para siempre en la memoria de Don Chencho y de todos los que conocieron su historia. Para él, Karuche nunca fue simplemente una mascota. Fue un amigo, un guardián y parte de la familia.
Aunque Don Chencho pertenecía al campo, también disfrutaba visitar a su familia en Los Ángeles. Esos viajes le permitían convivir con sus hijos, nietos y demás seres queridos. Y detrás de aquel hombre serio, trabajador y acostumbrado a la vida del ranchito, existía también un espíritu alegre y aventurero: le encantaba subirse a las montañas rusas.
Era una de esas sorpresas que lo hacían inolvidable. El mismo hombre que podía pasar el día trabajando la tierra o construyendo algo con su machete también podía sonreír como un niño al sentir la velocidad de una montaña rusa. En esos momentos se podía ver otra parte de él: su alegría sencilla y su capacidad de disfrutar la vida.
Don Chencho fue un hombre amable, humilde y profundamente cariñoso, aunque no acostumbraba expresar sus sentimientos con grandes discursos. Rara vez decía: “Te quiero mucho”. No lo necesitaba. Su amor se entendía en sus acciones.
Decía “te quiero” cuando llegaba con una sandía para compartir.
Decía “te quiero” cuando reparaba el tirador de alguno de sus hijos o nietos.
Decía “te quiero” cuando encendía una fogata para que nadie pasara frío.
Decía “te quiero” cuando arreglaba algo antes de que alguien tuviera que pedírselo.
Decía “te quiero” cada vez que trabajaba para proteger y cuidar a su familia.
Ese era su lenguaje: servir, construir, reparar, alimentar y estar presente. Su amor no se anunciaba; se podía ver en todo lo que hacía.
Todos lo conocían como Don Chencho. El “Don” no era solamente una forma de llamarlo. Reflejaba el respeto que se había ganado a través de una vida honesta. Era respetado por quienes lo conocían y profundamente amado por su familia. Su humildad nunca disminuyó su grandeza. Al contrario, la hizo aún más evidente.
Al final de su vida, Don Chencho estuvo rodeado por su familia. Las mismas personas por quienes había trabajado, construido, sembrado, reparado y cuidado durante tantos años permanecieron a su lado. Se fue acompañado por el amor que él mismo había cultivado a lo largo de toda una vida.
Hoy descansa en el cementerio de El Álamo, pero su presencia continúa viva en las historias de su familia, en la casa que construyó, en las enseñanzas que dejó y en los pequeños actos de amor que aprendieron de él.
Don Chencho dejó un legado que no se mide solamente por lo que construyó con sus manos, sino por la familia que formó y por la manera en que enseñó a amar sin necesidad de muchas palabras.
Su vida nos recuerda que el amor más verdadero muchas veces se encuentra en las cosas sencillas: una sandía llevada a casa, una herramienta reparada, una fogata encendida para proteger del frío o una mano siempre dispuesta a ayudar.
Así fue Don Chencho: un hombre de la tierra, fuerte y humilde; un constructor, un protector y un abuelo inolvidable. Un hombre que quizá no decía “te quiero mucho”, pero que pasó toda su vida demostrándolo.
The details family remembers
Things that were Crecencio’s own
The family house
The family home, a place of shared work, care, and protection.
The house where the memory took place, featuring a palma roof and a dirt floor.
The palma roof
Represents the grandfather's role in maintaining the family home and providing shelter.
The roof of the family house, made of palma material, which they were fixing.
Kept and repeated
Traditions & rituals
Family gatherings
Cherished gatherings of the family.
Phrases and sayings
How Crecencio spoke
Lessons on Nature and Respect
“To love nature and animals. To be respectful and that we all have a place in this world.”
Life lessons imparted to his grandson, likely during or after their work together.
Sights, sounds, and scents
Small things that bring Crecencio back
El Cerco
The farm or field where they worked together, evoking memories of labor, companionship, and lessons.
Watermelons, Beans, and Corn
The crops they planted together, representing the tangible fruits of their shared labor and time.
The dirt floor
The feeling of falling onto and being picked up from the hard, packed earth floor evokes the memory of the accident and his grandfather's immediate care.
His hug
The feeling of being hugged by his grandfather after a fall and while crying, evoking a strong sense of comfort and safety.
Boleros on Sunday mornings
Evokes the cherished tradition and presence of Crecencio Portillo.
Through their eyes
How family remembers Crecencio
Grandfather as Teacher and Mentor
Crecencio Portillo shared his work, his knowledge of farming and nature, and his core values with his grandson.
Their relationship was lived through shared labor on the farm, where the grandfather used the time together to impart practical skills and profound life lessons about respect and our place in the world.
Protective Grandfather
Their relationship was lived through shared work and immediate, physical care in moments of distress.
The memory shows Crecencio including his grandson in the work of maintaining the family home. When an accident happened, his first instinct was to try to catch him, then to jump down and physically comfort him, showing a deeply protective and caring bond.
Across the years
Crecencio’s life journey
The chapters between these dates are still being gathered by the family.
Crecencio Portillo was born
Crecencio Portillo passed away
Kept close
Photographs & keepsakes
A gathering of light
Messages and gestures left by people who remember Crecencio. The family reads each one before it appears here.
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